Es sábado, es tarde, veo una película repetida que me gusta lo suficiente como para a volverla a ver pero no me gusta el final, así que dudo termine de verla (Historia intensa, bonita (y mamona) frase y Gael García Bernal, en fin, cosas que gustan en una película), aparte que cuando conoces el final ya no es lo mismo, y bajo el quinto capítulo de Samurai X.
Volví hace un rato de un paseo por las nubes (esa película me gusta mucho, es así toda linda y melosa). Cuando entran oxígeno y buenos sentimientos a mi cerebro, suelo pensar más y millones de recuerdos y reflexiones provocan que inevitablemente me piquen las manos y comience a escribir. Cuando estoy un poco enojada o hecha bolsa, suelo sentarme frente al pc y teclear. Cuando
En la película Kit le regala a Carmen, a quien dos o tres días antes le había dado el beso de su vida, su libro favorito. Me acordé de mi libro favorito. Tengo ganas de leerlo. Me lo perdieron. Nunca me lo devolvieron. Para mí era importante. Quizá algún día vuelva a comprarlo. Uy,
Pucha que me quedé con cuello. No dieron los goles en la tele. Y el último gol fue tortuoso. El comentarista gritaba gooooooooooooooooooooooooool!! goooooooooooooooooool!!!!!!!! Y estuvo así como minuto y medio, pero no decía el muy bestia de quien era el gol. Al final fue de
Ahora Carmen está bailando flamenco. Siempre he querido bailar flamenco. Una vez agarré unas castañuelas, se que es difícil y todo, pero sentí que no nací con el don para hacer sonar decentemente las castañuelas y no puedes jactarte de bailar flamenco si no saber tocarlas. Mínimo.
Hace un rato, en la calle había un estruendo importante. Hubo una ronda de unos veinte o treinta minutos de fuegos artificiales. Mi papá salió corriendo a la calle, cual pendejo de 6 años para ver los fuegos. Y me dijo “mira Paolita, ven a ver”. Lo miré con desdén y seguí en lo mío.
Fuegos de artificio. Hace tiempo que no me emociono viéndolos. En realidad si me gustan, pero cuando están lo suficientemente cerca como para creer que una vez que estallan van a caer encima de uno y la ilusión óptica que causan hace que provoquen un vacío en el estómago y la gente tiende a gritar. Eso pasó la primera vez que fuimos al Club Hípico a ver El Ensayo y luego los fuegos. Fue entretenido. Cientos de personas mirando hacia arriba y esos uaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!! Y mi mamá y yo gritando por esa sensación de que las luces moradas venían hacia nosotras pero no llegaban, y luego otra vez, pero con las verdes. Mi hermana estaba chica y lloraba, y alguien me abrazaba desde atrás y me apretaba porque también sentía que el cielo se venía encima.
Después, por reglamentos y ordenanzas municipales, los fuegos artificiales están mucho más alejados (me molesta reiterar tanto la palabra “fuegos artificiales” pero no tiene sinónimo.), y ya nunca fue lo mismo, de ahí en adelante, perdí la capacidad de asombro con respecto a eso.
Igual se que es mejor que las personas no manipulen fuegos artificiales, pero lamento que mis hijos o sobrinos o los hijos de mis primos se pierdan de eso. De cuando mi papá compraba bolsas gigantes llenas de miles de cosas, y yo lo acompañaba a Meigg`s en el rito de la elección de cuáles eran los más lindos. De ver cómo muchas bengalas salían disparadas perdiéndose por los techos de las casas, de sostener esos tubos (lo siento, ya no recuerdo los nombres, pero eran esos amarillos con azul) y estar con la incertidumbre de cuándo saldrían las luces multicolores, de salir corriendo por las saltarinas te perseguían dando vueltas. Comprábamos cajas y cajas de petardos que nos tirábamos a los pies, y como los hermanos de mi papá también compraban kilos y kilos de fuegos, cuando nos juntábamos para año nuevo teníamos un arsenal considerable. Mención honrosa a las chispitas. Pucha que éramos felices escribiendo en el pavimento o jugando a ser hadas madrinas, y obvio, las que quedaban al otro día se convertían en municiones para hacer saltar de susto a la gente que pasaba cuando hacíamos estallar la pólvora pegándole con piedras. De todo eso me acordé cuando me lavaba los dientes y pensé que era una lástima que esas cosas ya no me emocionaran como antes, como a mi papá que estaba encaramado en la reja viendo los fuegos, quizá recordando lo mismo que yo.
Poca capacidad de asombro. Ciertas cosas en mi vida han hecho que pierda la capacidad de asombro. No se si he perdido sensibilidad o ya estoy curada de espanto, pero hay ciertas cosas que ya no me conmueven como antes.
-Y te da lo mismo que diga eso de ti?
-Sí, en realidad, me da lo mismo, incluso me da un poco de risa.
-Y no vas a hacer nada para impedirlo?
-No, si piensa de esa manera, no tengo nada que decir ni hacer.
No es apatía, ni desgano, ni nada, es sólo que aprendí a mirar las cosas un poco más desde fuera y no hacerme un lío por cosas si ni quiera valen la pena, o que si las valen no merecen que me esfuerce tanto. O peor aún, que ahora considero que para algunas cosas soy poco eficiente, por cuanto si antes trataba de intervenir, ahora creo que es mejor dejarlo todo en manos del tiempo, o la otra persona o las circunstancias o de nada y dejar que fluya. Quizá será bueno, quizá malo, quizá deje pasar muchas oportunidades debido a esto, pero lo siento, perdí un poco la capacidad de asombro y por tanto de reacción. Ahora estoy como en un período introspectivo y esperando a que pase el río, eso sí, atenta para sacar lo mejor de lo que este río pueda llevar consigo.
Señor Raúl Sohr: usted es una de las personas a las respeto y admiro, cuando fue a dar una conferencia a mi liceo, yo ya lo consideraba una eminencia en ciencias políticas, una de las áreas que me interesó desde niña y por esto me siento un poco mal ya que debo informar que apenas tenga la posibilidad de adquirir su libro de cualquier manera, sea esta fraudulenta o no, lo haré, sin vacilar. Quiero leer ese libro. Lo considero necesario y de gran importancia para mi vida. Si alguien tiene mucha plata que le sobra y se acuerda de esta tipa, por favor, regáleme El mundo y sus guerras. Lo auspicia La tercera, a si es que si tal vez es usted suscriptor de ese diario, podría tener un descuento al comprarlo... o que se yo, si alguien lo ve en alguna cuneta, no dude en abalanzarse sobre el y me avisa, yo le devuelvo la plata. Prometo comprarlo original cuando tenga dinero suficiente como para poder costear cosas así, claro que en ese entonces, el mundo habrá cambiado tantas veces que ese libro será sólo de colección y referencia, pero está bien para mí. Y si alguien cree que es importante saber que hay un mundo allá afuera, que sufre más que nosotros por el Transantiago, y quiere quizás tener un atisbo de idea sobre por qué pasan esas cosas y cuales son los intereses que mueven a naciones a gastar billones en armamento pasando a llevar toda lógica o idea racional, pues entonces compre ese libro. Nadie mejor que Raúl Sohr para explicarle en unas pocas páginas y de manera sencilla, que hay un mundo allá afuera.
Es tarde. Hace rato que el capítulo se descargó, las transmisiones se acabaron. Tengo los pies helados. Escribí bastante. No sé si tipearé todo lo que escribí. (En realidad si lo hice, y modifiqué algunas cosas).
Pensé bastante rato antes de publicar esto, ya sabes, todo lo que digas puede ser usado en tu contra, pero lo tenía atravesado y en todo caso es un comentario sin trascendencia.
Todo eso fue, por lo menos, extraño. Pero más extraño aún fue tu reacción. En todo caso, luego de un par de minutos decidí no seguir dándole vueltas. Quizá por lo de allá arriba, no sé en realidad, a lo mejor por una que otra cosa que tengo en la cabeza, pero como sea, si consideras que la mayor parte de la vida uno se la pasa trabajando, es una excusa un tanto extraña como para decir que no hay tiempo para conocer a alguien. Cuidado con eso, sino colapsarás antes de los cincuenta, pero eso tu ya lo sabes.


